
¡Joder! Entré y ya estaba deseando marcharme, además de que me atenazaba el terror de encontrarme con mi rollete del viernes !Qué desastre! otro día os lo cuento, realmente sufro como un perro enjaulado en los centros comerciales. Si voy solo me debato entre los nervios y la depresión ¡Qué horror! todo lleno de personas ¡especialmente ese día! una muchedumbre que va y viene no se sabe muy bien con que objetivo, algunas te miran de arriba a abajo y me da miedo que puedan llegar a leerme el pensamiento, porque interiormente siento entre compasión y desdén por ellas, aunque estoy seguro de que son buenas personas, quiero decir, de izquierdas, con conciencia social y todo eso. Yo, sin embargo, que soy un ultraconservador capitalista neoliberal salvaje, o sea un hijo de la grandísima puta con pintas, odio comprar y solo lo hago cuando no tengo más remedio. Esta vez era una de esas, necesitaba unos pantalones, así que me metí en el comercio de turno y busqué con ansiedad el espacio de hombres, no fue difícil localizar los chinos, me fijé en el precio por aquello de comparar y fui al siguiente comercio, valían lo mismo y también estaban fabricados en un país subdesarrollado pero como yo no tengo conciencia social y realmente me la suda si cobran cuatro euros al mes los empleados de esas marcas o si no tienen derechos laborales, me hice con dos de mi talla y fui a probármelos, pero me quedaban largos. Empecé a sudar frío y a jurar entre dientes, fuera había una cola enorme y nadie me podía medir los bajos para hacerme el arreglo, así que decidí marcharme con un mal humor que haría temblar al mismisimo Muhammad Ali. Para colmo, cuando iba a alcanzar la puerta oí una voz a mis espaldas "¡Cuánto tiempo!" "¿Por qué a mí?"- pensé- Le juré a Dios que volvería a creer que su hijo había resucitado si pasaba de mi aquel cáliz pero se tomó cumplida venganza de mi incredulidad y no tuve más remedio que darme la vuelta y forzar una sonrisa que resultó ser una estúpida mueca "¿Cómo te va todo?" "Bien, me he cortado el pelo" – acerté a decir- "Hace mucho que no nos vemos ¿la verdad es que me tengo que marchar, pero que te parece que quedemos para tomar un café?" Le dije que sí, que me llamase, lo cierto es que le hubiese dicho que sí aunque me hubiese pedido darme una patada en la entrepierna, todo con tal de salir de allí pues empezaba a sentir náuseas. Nos despedimos y por fin pude dirigirme a la puerta, justo en ese momento recibí una llamada "¡Qué pasa fascista!" Era el Sr. Grapas. "Tío, en serio, ven a salvarme", pero no hizo falta, el aire contaminado me dio ánimo repentinamente y pude llegar hasta el coche.
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